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¿Por qué no creo en Dios?

Ricky Gervais, 2010
[Ricky Gervais]

No es subjetivo

¿Por qué no crees en Dios? Me lo preguntan constantemente y siempre intento ofrecer una respuesta razonada y considerada. Normalmente resulta incómodo, consume mucho tiempo y no conduce a nada. Los creyentes no necesitan pruebas de la existencia de Dios y la verdad es que no quieren plantearse nada que lo desmienta. Se sienten felices con su creencia. Incluso dicen cosas como «para mí es verdad» y «es cuestión de fe» pero sigo dando mi respuesta lógica porque no ser honesto me parecería una actitud condescendiente y descortés. Entonces resulta irónico que decir que «no creo en Dios porque no existe un solo dato científico que avale su existencia y, por lo que he oído, su misma definición constituye una imposibilidad lógica en el universo conocido» sea algo que dé la impresión de ser precisamente una afirmación condescendiente y descortés.

También se me acusa de ser arrogante, cosa que me parece bastante injusta. La ciencia busca la verdad sin distinciones. Para bien o para mal, descubre cosas. La ciencia es modesta; sabe lo que sabe y sabe lo que ignora. Sustenta sus conclusiones con pruebas sólidas, las cuales se actualizan y sofistican constantemente. No se ofende cuando aparecen nuevos datos. Acepta todo lo que ya se conoce. No se obstina en conductas medievales porque sean tradicionales. De haberlo hecho, no nos estaríamos curando con penicilina sino rezando y con sanguijuelas. Sean las que sean tus «creencias», nada es más eficaz que la medicina. Podrás seguir diciendo que «a mí me funciona» pero también funcionan los placebos. Al final todo lo que digo es que Dios no existe. No estoy diciendo que la fe no exista. Sé que la fe existe, lo veo constantemente, pero la creencia en algo no da carta de naturaleza a ese algo. Querer que algo sea verdad no lo hace verdadero. La existencia de Dios no es algo subjetivo. O bien existe o bien no existe. No está sujeto a la opinión. Sí se pueden tener opiniones particulares pero no se pueden tener verdades particulares.

La carga de la prueba

¿Que por qué no creo en Dios? No, no, no. Dime por qué crees TÚ en Dios. Por supuesto que la carga de la prueba está en el que cree. Esto lo empezaste tú. Si yo de pronto te dijera «¿por qué no crees que puedo volar?» Tú dirías «¿por qué tengo que creer?», a lo que yo respondería que «es cuestión de fe». Si yo entonces dijese «demuestra que no puedo volar, demuéstralo, ¿ves como no puedes demostrarlo?», probablemente te irías a otro sitio, llamarías a la policía o me tirarías por la ventana diciendo «ahora sí vas a volar, loco imbécil».

Claro que aquí hablamos de espiritualidad. La religión es otro asunto. Como ateo, no veo que creer en Dios sea «malo» en sí mismo. No creo que exista ningún dios pero la sola creencia no hace daño. Si la gente cree porque eso le sirve, a mí me parece bien. Lo que me preocupa es cuando las creencias empiezan a interferir con los derechos de los demás. Yo nunca le negaría a nadie el derecho a creer en su dios siempre que, por ejemplo, no mate a quienes crean en dioses distintos o sacrifique a pedradas a nadie porque su libro de normas dice que la sexualidad de aquél es inmoral. Resulta raro que alguien que cree que un ser todopoderoso y que todo lo sabe es el responsable de todo lo que existe quiera también juzgar y castigar a las personas por lo que son.

Según lo que he oído, parece que ser ateo es de lo peor que puede ser una persona. Los cuatro primeros mandamientos dejan esto muy claro: existe un Dios, yo y nadie más soy ese Dios, tú no eres digno de ese Dios; que no se te olvide. (Lo de no matar gente no se menciona hasta el sexto mandamiento)

Cuando me veo frente a alguien que desprecia profundamente mi falta de fe religiosa, me limito a decir que «así me hizo Dios».

¿Pero de qué se acusa a los ateos realmente?

El diccionario define a Dios como «creador y supervisor sobrenatural del universo». La definición abarca todas las deidades, diosas y seres sobrenaturales. Desde el principio de la historia, que viene marcado por la invención de la escritura por los sumerios hace unos 6000 años, los historiadores han catalogado a más de 3700 seres sobrenaturales, de los cuales 2870 se pueden considerar deidades.

Así que, la próxima vez que alguien me diga que cree en Dios, yo diré «Vaya, ¿Cuál de ellos? ¿Zeus? ¿Hades? ¿Júpiter? ¿Marte? ¿Odín? ¿Torr? ¿Krisna? ¿Visnú? ¿Ra? … ». Si me dicen «solo Dios, creo en un Dios solamente», les diré que son casi tan ateos como yo, puesto que yo no creo en 2870 dioses y ellos no creen en 2869.

Un niño de 8 años

Yo creía en Dios, en el Dios cristiano, quiero decir.

Me encantaba Jesús. Era mi héroe, más que las estrellas del rock, más que los futbolistas, más que Dios. Dios era omnipotente y perfecto por definición. Jesús era un hombre. Tenía que esforzarse. Sufrió tentaciones pero venció al pecado. Era una persona íntegra y valiente pero era mi héroe porque era alguien amable y lo era con todo el mundo. Jamás se plegó a la presión social o a la crueldad o a la tiranía. No le importaba quién eras. Te amaba. Vaya tipo. Yo quería ser igual que él.

Un día, cuando tenía unos 8 años, estaba yo dibujando la crucifixión para mis tareas escolares de religión. Me encantaban también el arte y la naturaleza. Me gustaba como Dios hizo a los animales. También eran perfectos y sumamente hermosos. El mundo era fascinante.

Vivía en una casa muy pobre de un suburbio de clase trabajadora llamado Reading, unas 40 millas [64 km.] al oeste de Londres. Mi padre era obrero y mi madre era ama de casa. Nunca me avergonzó la pobreza. La sentía casi como algo que te ennoblecía y todos los que yo conocía se encontraban en la misma situación. No me faltaba nada. La escuela era gratuita. Mi ropa era modesta pero estaba limpia y planchada. Mamá siempre cocinaba. Estaba cocinando el día que yo dibujaba la cruz.

Estaba sentado en la mesa de la cocina cuando mi hermano llegó a la casa. Me adelantaba 11 años, así que tendría 19 en ese momento. Era tan inteligente como cualquiera pero demasiado desvergonzado. Respondía con impertinencias que lo metían en líos pero era un buen chico. Yo iba a la iglesia y creía en Dios. Eso era un gran alivio para la madre de un hogar trabajador pues, donde yo me crié, las madres no esperan que sus hijos lleguen a médicos; se conforman con que no vayan a la cárcel. Entonces los educan como creyentes para que sean buenas personas que respetan la ley. El sistema es perfecto, o casi perfecto porque un 75% de los estadounidenses son cristianos que creen en Dios y un 75% de los reclusos carcelarios también lo son. Un 10% de los estadounidenses son ateos y el 0.2% de los reclusos también lo son.

Sea como fuese, yo estaba allí feliz dibujando a mi héroe cuando mi hermano Bob preguntó «¿por qué crees en Dios?». Era una simple pregunta pero mamá se horrorizó. «Bob», dijo en un tono de voz que quería decir «cállate». ¿Por qué no se podía preguntar eso? Si existía Dios y mi fe era fuerte, no me importaba lo que dijera la gente.

Eh… un momento. Dios no existe. Él lo sabe y ella, en el fondo, también. La cosa era así de sencilla. Empecé a darle vueltas y a hacer más preguntas. En una hora ya era ateo.

Una vida con honestidad

Guau. Así que no hay Dios. Si mamá había mentido en lo de Dios ¿habría mentido en lo de Papá Noel? Pues claro ¿y qué? Seguí recibiendo los regalos de navidad y también los que trajo mi nuevo ateísmo: el regalo de la verdad, la ciencia, la naturaleza… la auténtica belleza de este mundo. Supe de la evolución, una teoría tan sencilla que sólo se le pudo haber ocurrido a uno de los mayores genios de Inglaterra: la evolución de las plantas, los animales y de nosotros, con toda nuestra imaginación, libre albedrío, amor humor. Ya no me hacía falta una explicación de mi existencia, sólo una razón para vivirla. La imaginación, el libre albedrío, el amor, el humor, la diversión, la música, los deportes, la cerveza y la pizza, eran todas ellas razones magníficas para vivir.

Pero para vivir una vida con honestidad —para eso— es necesaria la verdad. Eso también lo aprendí aquel día: que la verdad, sea traumática o incómoda, al final conduce a la liberación y a la dignidad.

«¿Por qué no crees en Dios?», ¿Qué significa realmente esa pregunta entonces? Yo pienso que, cuando alguien pregunta eso, está poniendo en juego sus propias creencias. En cierto modo lo que te preguntan es «¿Qué es lo que te hace tan especial?», «¿Cómo es posible que no te hayan lavado el cerebro, como a los demás?», «¿Cómo te atreves, maldito, a decir que soy tonto y que no voy a ir al cielo?». Vamos a hablar claro. Si una sola persona creyese en Dios, sería considerada un caso de excentricidad. Ahora bien, como se trata de algo muy extendido, se acepta. ¿Y por qué es algo tan común? Está claro: porque es una proposición muy seductora. Cree en mí y vivirás para siempre. Vuelvo a insistir: estaría bien si sólo se tratara de espiritualidad.

«Haced con los demás como queréis que os hagan» es una regla sencilla. Vivo según ella. Perdonar es probablemente la mayor de las virtudes. Pero es eso precisamente: una virtud, no sólo una virtud cristiana. Nadie tiene la exclusiva de ser bueno. Yo soy bueno pero no creo que vaya a tener una recompensa en el cielo.

Mi recompensa está aquí y ahora y es saber que trato de hacer lo que está bien, que he vivido una buena vida. Y es ahí donde la espiritualidad en verdad se salió del camino, cuando se convirtió en un palo con el que golpear a la gente: «haz esto o te quemarás en el infierno».

Aunque no vayamos a arder en el infierno, no por eso hay que dejar de ser buenas personas.

(*) El autor escribe y presenta el programa Ricky Gervais Out of England 2: The Stand-Up Special.

Translation info
Translator: Alexis Condori
Published: November 5, 2018 at 16:23 GMT
Last modified:
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Source: The Wall Street Journal