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¿Existe Dios?

Bertrand Russell, 1952

¿Existe Dios? Esa es una pregunta que toda comunidad y toda persona responden partiendo de argumentos muy variados. Los seres humanos en su gran mayoría admiten la opinión que impera en sus respectivas comunidades. En los albores de la historia la gente creía en muchos dioses. Fueron los judíos los que empezaron a creer solamente en uno. El primer mandamiento, que era toda una innovación, resultó de muy difícil cumplimiento porque los judíos habían creído hasta entonces que Baal, Astarté, Dagón y Moloc, aun siendo malvados por ayudar a los enemigos de los judíos, eran dioses auténticos. Pasar de creer que tales dioses no eran buenos a creer que no existían fue un cambio difícil. Hubo una época, la de Antíoco IV, en la que se pretendió seriamente la helenización de los judíos. Antíoco decretó que éstos habrían de comer carne de cerdo, abandonar la circuncisión y practicar los baños rituales. Los judíos de Jerusalén, en su mayoría, se plegaron a ello, pero en las zonas rurales tuvo lugar una resistencia enconada y, bajo el mando de los macabeos, los judíos lograron que se respetara el derecho a tener sus propios usos y costumbres.

El monoteísmo, que al principio de la persecución de Antíoco solamente era el credo de una parte de un pueblo muy pequeño, sería luego adoptado por el cristianismo y más tarde por el Islam, convirtiéndose así en la creencia dominante del mundo situado al oeste de la India. No tuvo éxito al este de la misma pues el hinduismo tenía muchos dioses, el budismo en su forma primera no tenía ninguno y el confucianismo a partir del siglo XI dejó de tenerlo. No obstante, si una religión puede juzgarse verdadera o no a partir de su éxito en el mundo, entonces los argumentos que sustentan al monoteísmo son muy fuertes ya que éste posee los mayores ejércitos y la más nutrida acumulación de riquezas. En nuestros días dicho argumento es cada vez menos decisivo. Es cierto que Japón, una amenaza no cristiana, culminó en derrota pero los cristianos se enfrentan ahora a la amenaza de las hordas moscovitas ateas y no está tan claro que las bombas atómicas vayan a darle un argumento indiscutible al teísmo.

Pero dejemos de pensar en las religiones en términos tan geopolíticos, cosa que cada vez recibe mayor rechazo por parte de la gente pensante desde los tiempos de los antiguos griegos. Desde esa época ha habido hombres que, no contentos con aceptar pasivamente el dictamen religioso de sus convecinos, procuraron tomar en consideración todo aquello que la razón y la filosofía pudieran aportar al asunto. En las ciudades comerciales de Jonia, en las que se inventó la filosofía en el siglo VI a. C., ya existían los librepensadores. Comparados con los librepensadores de nuestros días, aquéllos lo tenían muy fácil porque los dioses olímpicos, aun resultando encantadores como fantasías literarias, difícilmente podían ser defendidos mediante el uso metafísico de la sola razón.

Tropezaron a nivel popular con el orfismo (al cual tanto le debe el cristianismo) y, filosóficamente, con Platón, en quien se basaron los griegos para producir un monoteísmo filosófico muy distinto del monoteísmo político y nacionalista de los judíos. Cuando el mundo griego se convirtió al cristianismo combinó las nuevas creencias con la metafísica platónica engendrando así a la teología. Los teólogos católicos, desde los tiempos de San Agustín hasta hoy, vienen creyendo que la existencia de un solo Dios puede demostrarse utilizando la razón solamente. Su argumentario tomó su forma definitiva en el siglo XIII, de la mano de Santo Tomás de Aquino. Cuando la filosofía moderna echó a andar en el siglo XVII, Descartes y Leibnitz recuperaron el antiguo argumentario, lo afinaron un poco y, de este modo, gracias a los esfuerzos de ambos principalmente, ser creyente siguió siendo algo respetable desde una perspectiva intelectual. Pero Locke, aunque él mismo era un cristiano convencido, socavó las bases teóricas del viejo argumentario y muchos de sus seguidores, especialmente en Francia, acabaron ateos. Aquí no pretendo presentar en la infinidad de sus matices los argumentos filosóficos a favor de la existencia de Dios.

La primera causa

Sin embargo, creo que uno de ellos sigue teniendo peso entre los filósofos y es el argumento de la Primera Causa. Este argumento sostiene que, ya que todo lo que ocurre tiene una causa, ha de existir una Primera Causa a partir de la cual empiece todo el encadenamiento de causas. El argumento adolece del mismo defecto que el del elefante y la tortuga. Se dice (ignoro con qué certeza) que cierto sabio hindú creía que la tierra descansaba sobre un elefante. Cuando se le preguntó sobre qué descansaba el elefante, el sabio respondió que sobre una tortuga. Cuando se le preguntó sobre qué descansaba la tortuga, dijo: “ya me he cansado, ¿qué tal si hablamos de otra cosa?”. Esto ilustra lo insatisfactorio que resulta el argumento de la Primera Causa. Sin embargo se puede leer en ciertos tratados de física ultramodernos que ciertos procesos físicos, cuyo rastro puede seguirse remontándose en el tiempo, indican que debe haber existido un inicio repentino, de donde desprenden que ello se debió a la creación divina. Se abstienen cuidadosamente de intentar aclarar que dicha hipótesis hace que las cosas nos resulten más entendibles.

Los argumentos escolásticos a favor de la existencia de un ser supremo son hoy objeto de rechazo por parte de la mayoría de los teólogos protestantes que sí se muestran a favor de argumentos nuevos que, a mi modo de ver, no significan avance alguno. Los argumentos escolásticos fueron esfuerzos genuinos del pensamiento y, de haber sido sólidos sus razonamientos, habrían probado que sus conclusiones eran verdaderas. Los nuevos argumentos preferidos por los modernos son imprecisos y dichos modernos reciben con desdén cualquier intento de hacerlos menos vagos. Se apela al corazón antes que al intelecto. Ya no se afirma que quienes rechazan los nuevos argumentos son gente ilógica sino que carecen de sentido de la moral o de buenos sentimientos. Pero examinemos, no obstante, los argumentos modernos y veamos si efectivamente demuestran algo.

Optimismo evolutivo

Uno de los argumentos preferidos proviene de la evolución. El mundo estuvo una vez sin vida y, cuando ésta comenzó, se trataba de una vida incipiente formada por un cieno verdoso y otras cosas poco interesantes. Gradualmente y mediante la evolución aquello fue deviniendo en animales, plantas y finalmente en el HOMBRE. El hombre, nos aseguran los teólogos, es un ser tan extraordinario que bien puede se puede considerar como la culminación a la que dieron preludio las dilatadas edades de la nebulosa y del cieno. Imagino que los teólogos han tenido mucha suerte con los seres humanos a los que han tratado. No parecen haber dado un peso suficiente a Hitler o a la Bestia de Belsen. Si la Omnipotencia, contando con todo el tiempo posible, creyó afortunado llegar a estos individuos tras muchos millones de años de evolución, sólo se me ocurre decir que aquí entran en juego una moral y una estética peculiares. Sin embargo no cabe duda de que los teólogos esperan que el curso venidero de la evolución vaya dando más hombres como ellos mismos y menos hombres como Hitler. Esperémoslo también nosotros pero, al albergar esta esperanza, abandonamos el terreno de la experiencia y nos refugiamos en un optimismo que hasta ahora tiene el desmentido de la historia.

Existen otras objeciones a este optimismo evolutivo. Hay sobradas razones para pensar que la vida en nuestro planeta no continuará indefinidamente así que cualquier optimismo que esté basado en el curso de la historia terrena necesariamente ha de ser temporal y de alcance limitado. Por supuesto, puede haber vida en otros lugares pero, aunque la haya, no sabemos nada de ella y no tenemos razones para suponer que guarda más parecido con la virtud de los teólogos que con Hitler. La Tierra es un rincón minúsculo del universo. Es un pequeño fragmento del sistema solar. El sistema solar es un pequeño fragmento de la Vía Láctea y la Vía Láctea es un pequeño retazo entre los muchos millones de galaxias que hoy muestran los telescopios modernos. En este pequeño arrabal insignificante del cosmos se da un interludio efímero entre dos edades donde no existe la vida. En ese breve interludio está contenido un interludio aun más breve, que es el de la humanidad. Si es cierto que el hombre es el propósito del universo el prefacio parece extenderse un poco más de lo necesario. Esto le hace a uno acordarse de ese caballero insoportable que cuenta una inacabable anécdota que no tiene ningún interés hasta el pequeño detalle en donde termina. No creo que los teólogos demuestren tener una gran devoción al hacer posible una comparación semejante.

Sobreestimar la importancia de nuestro planeta ha sido uno de los defectos de los teólogos de todos los tiempos. Claro que esto era natural en épocas anteriores a Copérnico en las que se pensaba que los cielos giraban alrededor de la Tierra. Pero desde Copérnico, y aun con más razón desde la exploración moderna de regiones distantes, esta obsesión por la Tierra se ha vuelto algo provinciana. Aun si el universo tuviese un creador, es poco razonable suponer que estuviese especialmente interesado en nuestro pequeño rincón. Si no lo estuviese, sus valores deben haber sido distintos a los nuestros ya que en la inmensa mayoría de regiones es imposible la vida.

Papá Noel y el argumento moralista

Existe un argumento moralista para creer en Dios que fue popularizado por William James. Según este argumento, debemos creer en Dios pues, si no, no nos comportaremos correctamente. La primera y mayor objeción a este argumento es que, como mucho, no puede demostrar que exista Dios sino quizá sólo que los políticos y pedagogos deben tratar de convencer a la gente de que existe. Que esto deba hacerse o no, no es una cuestión teológica sino política. Los argumentos son de la misma naturaleza que los que insisten en que a los niños se les debe inculcar el respeto a la bandera. Un hombre que albergue cualquier sentimiento religioso genuino no se va a conformar con la idea de que la creencia en Dios es útil porque lo que a él ciertamente le preocupará saber es si de verdad Dios existe. Es absurdo sostener que ambas preguntas son la misma. En el jardín de infancia la creencia en Papá Noel es útil pero la gente adulta no cree que eso demuestre que Papá Noel sea algo verídico.

Como no nos interesa la política, podemos entender esto como una refutación suficiente al argumento moralista pero quizá convenga continuar un poco más. En primer lugar es bastante dudoso que la creencia en Dios produzca los beneficios morales que se le atribuyen. Muchos de los mejores hombres que la historia ha conocido no fueron creyentes. John Stuart Mill puede servir como un ejemplo de lo dicho. Asimismo, mucha de la peor gente ha estado compuesta por creyentes. De estos hay muchos ejemplos aunque quizá Enrique VIII pueda servir como prototipo.

Sea como fuere, siempre resulta desafortunado que los gobiernos se pongan a defender ideas porque resultan útiles antes que porque son verdaderas. Cuando se actúa bajo esta lógica se hace necesario establecer una censura que suprima los argumentos contrarios y se juzga acertado desalentar el pensamiento entre los jóvenes por miedo a promover «pensamientos peligrosos». Cuando tales prácticas nefastas se utilizan en contra de la religión, como ocurre en la Rusia soviética, los teólogos ven claramente que son malas pero siguen siendo malas cuando se aplican en la defensa de lo que los teólogos consideran bueno. La libertad intelectual y el hábito de dar valor a la evidencia son asuntos de mucho mayor alcance moral que la creencia en este o en aquel dogma teológico. Por todo esto no se puede sostener que las creencias teológicas hayan de defenderse debido a su utilidad, sin considerar si son o no verdaderas.

Este argumento tiene una versión más simple y más ingenua que apela al corazón de muchos. La gente nos dirá que, sin el consuelo de la religión, sería intolerablemente desdichada. Si ello es cierto, se trata de un argumento pleno de cobardía. Nadie más que un cobarde decidiría conscientemente vivir en un paraíso de ficción. Cuando un hombre sospecha la infidelidad de su esposa nadie lo considera mejor por cerrar los ojos a lo evidente. No se me ocurre ningún motivo por el que ignorar lo evidente sea algo vergonzoso en un caso y admirable en otro. Además, se exagera la importancia de la religión en su contribución a la felicidad individual. Ser feliz o infeliz depende de cierto número de factores. A la mayor parte de personas les es necesario tener buena salud y alimento suficiente. Necesitan que su entorno social tenga buena opinión de ellos y también el cariño de sus allegados. Necesitan no sólo salud física sino también salud mental. Dadas todas estas cosas, la mayor parte de las personas será feliz al margen de cuál sea su teología. Sin estos requisitos, la gente será infeliz, sea cual sea su teología. Al pensar en las personas que he conocido no veo que, en la media, fueran más felices los que tenían creencias religiosas que los que no las tenían.

Propósito cósmico y designio divino

En lo que respecta a mis creencias íntimas, no me veo capaz de percibir ningún propósito en el universo y, lo que es más, me veo aun menos capaz de desear percibir semejante cosa. Aquellos que imaginan que el curso de la evolución cósmica conduce lentamente a algún tipo de consumación agradable al creador, se encuentran comprometidos lógicamente (aunque, por lo general, no son conscientes de ello) con la idea de que el creador no es omnipotente pues, si lo fuese, bien podría determinar el fin sin preocuparse por los medios. Yo mismo no percibo ninguna consumación hacia la que necesariamente se dirija el universo. Según los físicos, la energía irá distribuyéndose gradualmente de forma cada vez más uniforme y a medida que lo haga se irá volviendo cada vez más inútil. Poco a poco, todo aquello que encontramos interesante o nos agrada, como la vida o la luz, desaparecerá —al menos eso nos aseguran—. El cosmos es como un teatro en el cual sólo se representa una función pero, cuando cae el telón, el teatro queda frío y vacío hasta que queda sumido en la ruina. No pretendo afirmar positivamente que esto tiene que ser así. Ello implicaría asumir más conocimiento del que poseo. Solamente digo que esto es lo probable de acuerdo a los datos que hoy existen. No voy a afirmar dogmáticamente que no existe un propósito cósmico pero sí diré que no hay la menor prueba de que éste exista.

Diré incluso más, si existe un designio y tal designio es el de un creador omnipotente, entonces dicho creador, lejos de ser amante y benigno, como nos contaron, debe poseer un nivel de maldad difícil de imaginar. Consideramos mala persona a un hombre que comete un asesinato. Una deidad omnipotente, de existir, asesina a todo el mundo. Un hombre que, por propia voluntad, trajese el cáncer sobre otra persona sería tenido por un desalmado. El creador, si existe, inflige esta enfermedad espantosa a millares todos los años. Condenaríamos a cualquier hombre que, a pesar de tener en su mano el poder y conocimiento necesarios para hacer buenos a sus hijos, decidiera hacerlos malos. Pero Dios, si existe, decide esto mismo para muchos de sus hijos. La misma idea de un Dios omnipotente al que no se puede criticar sin pecar puede haber surgido sólo bajo despotismos orientales donde los señores seguían siendo reverenciados por los siervos a pesar de sus caprichosas crueldades. Es la psicología de ese sistema político anticuado la que aún sobrevive rezagada en la ortodoxia teológica.

Existe, es cierto, un teísmo más moderno según el cual Dios no es omnipotente y se limita a hacer lo que puede con mucha dificultad. Esta idea, aunque es nueva entre los cristianos, no es inédita en la historia del pensamiento. De hecho, puede hallarse en Platón. No creo que se pueda demostrar que tal idea es falsa. Estimo que lo más que puede decirse es que no tiene razones la apoyen.

Una tetera de porcelana

Mucha gente ortodoxa se expresa como si imaginara que a quienes les corresponde rebatir los dogmas tradicionales es a los escépticos, en vez de corresponder su demostración a los propios dogmáticos. Naturalmente, esto no es así. Si yo sugiriese que existe una tetera de porcelana entre la Tierra y Marte que orbita en una trayectoria elíptica alrededor del sol, nadie sería capaz de rebatirme siempre y cuando yo me cuidase de advertir que dicha tetera es demasiado pequeña como para poder ser detectada inclusive por nuestros instrumentos más potentes. Pero, ya que no se puede probar que no existe lo que yo digo, si yo ahora afirmara que resulta inadmisiblemente presuntuoso por parte de la razón humana dudar de ello, la gente pensaría muy acertadamente que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de esa tetera también fuese sostenida por afirmaciones escritas en libros antiguos, impartida como enseñanza sagrada todos los domingos e introducida en las mentes de los niños y niñas en la escuela, el dudar de su existencia sería visto como un signo de extravagancia que merecería la atención del psiquiatra, en una época ilustrada, o del inquisidor, en una época anterior. Se acostumbra a suponer que si un credo está extendido es porque debe existir algo razonable en el mismo. No creo que nadie que haya estudiado historia pueda sostener tal idea. Prácticamente todas las creencias de los salvajes son absurdas. En las primeras civilizaciones quizá exista un uno por ciento que sea rescatable. En nuestros días… aquí me conviene andar con cuidado. Todos sabemos que existen creencias absurdas en la Rusia soviética. Si somos protestantes, sabemos que los católicos tienen creencias absurdas. Si somos católicos, sabemos que existen creencias absurdas entre los protestantes. Si somos conservadores, nos sorprenden las supersticiones que se pueden hallar en el seno del Partido Laborista. Si somos socialistas, nos horroriza la credulidad de los conservadores. No conozco la naturaleza de sus creencias, estimado lector, pero, sean las que sean, debe usted admitir que el noventa por ciento de las creencias del noventa por ciento de la humanidad son totalmente irracionales. Por supuesto, tales creencias no son las que usted observa. Por tal motivo no puedo juzgar impertinente dudar de algo que siempre se haya tenido por cierto, especialmente cuando tal creencia sólo triunfa en ciertas regiones geográficas, como ocurre con las opiniones teológicas.

Llego a la conclusión de que no existe razón para dar crédito a ninguno de los dogmas de la teología tradicional y, lo que es más, ni siquiera hay razón para desear que sean verdaderos. El hombre, con los límites que le impone la naturaleza, puede resolver su propio futuro. Tiene la oportunidad y la responsabilidad de hacerlo.

(*) Bertrand Russell, en 1952, escribió por encargo este artículo para la revista Illustrated Magazine, el cual ésta no llegó a publicar finalmente.

Translation info
Translator: Alexis Condori
Published: May 31, 2015 at 00:37 GMT
Last modified:
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